Escenarios vacíos
Por Mtra. Ingrid Dallal Fratz
No sé por qué, pero desde pequeña siempre me han fascinado los árboles. Recuerdo uno enorme que estaba en el patio trasero de la casa, sus hojas se deslizaban hasta el techo y, si subía a la azotea, alcanzaba a acariciarlas, ésas, las que eran sumamente parecidas a las de un helecho.
Su sombra me daba permiso de jugar por largas horas imaginando que mi casa estaba cubierta por un tapiz verde que producía un viento cálido que me protegía de todo y de todos. Ahí no existía el miedo.
En el jardín, uno que para mí siempre fue enorme, jugar en el agua de la fuente –por más sucia que ésta estuviera- o espinarme los dedos tratando de entender porqué las rosas tenían espinas, encontré un gran escenario en donde se permitía un poco de todo. La manguera era el micrófono, las flores de bugambilia formadas en hilera se convertían en la viga del gimnasio en donde Nadia Comanecci no sería contrincante jamás y la pequeña changuera roja era la casa más hermosa que alguien podría soñar. El pasto, el aspersor y las nubes en el cielo fueron cómplices de muchas historias y juegos, la pequeña silla azul y la gran pelota roja creían en mí como madre y lectora de cuentos infantiles.
En la escuela las cosas cambiaron un poco. La maestra me decía cómo llenar mis cuadernos en blanco, qué poner y hasta el color que tenía que usar. Al leer los textos, yo imaginaba algo y la maestra decía lo contrario. El profesor de deportes nos daba instrucciones precisas y la de música siempre llevó nuestro ritmo. No lo niego, el arenero y el patio, con la jacaranda y las piedras volcánicas, siempre fueron cómplices de aquellas historias compartidas, aún así, el tiempo de imaginar y crear se redujo considerablemente aunque yo no me había dado cuenta.
Poco a poco mi tiempo lo fueron llenado aquellos que pensaban por mí o que decidían qué era lo mejor para mí: inglés, matemáticas, ciencias sociales o el hacer una piñata blanco con rojo. Las tardes eran para repasar fracciones, vocabulario y la memorización de las tablas de multiplicar. Empecé, por alguna extraña razón, a extrañar al árbol, las bugambilias, el pasto y la azotea de mi casa; extrañaba mis escenarios vacíos, ésos en donde yo construía, donde yo decía qué necesitaba y qué no.
Cuando cumplí dieciséis años, me deshice de muchas cosas. Cambié de casa, de escuela, de contexto. Decidí que era tiempo de regresar a explorar y descubrir el mundo a mi manera aunque otros me dijeran qué y cómo tenía que aprender. Cuestioné, me peleé y me equivoqué muchas veces. La construcción de mi mundo comenzó a ser otra vez mía y acomodé la física con mi barra de gimnasta hecha con bugambilias, la biología con la sombra del árbol y la literatura con los cuentos que le contaba a mi pelota roja. Pinté de colores a la química y el inglés sabía a pepinos con limón.
Así es como nace Ingennios, de mi lucha constante por entender cómo el mundo de allá afuera puede convivir con mi mundo interior, de mi necesidad de detener a los demás cuando tratan de decirme qué hacer y cómo hacerlo, de mi experiencia como exploradora de aquello que sólo yo puedo descubrir, imaginar, crear e ingeniar.
Esto es Ingennios, esto es un cachito de Ingennios: un conjunto de escenarios vacíos que esperan llenarse con las historias de cada quien, con sus ideas, sus colores, sus letras; espacios que cambian constantemente, que se moldean una y otra vez, nunca estáticos, siempre en movimiento.
Miembros de
The World Council for Gifted and Talented Children, Inc.
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